El filósofo y pensador español Emilio Lledó (1927) afirma que, si no se tiene libertad de pensamiento y sentido crítico, es inútil disponer de la libertad de expresión. Y es una máxima que debería estar presente siempre en nuestro análisis político. Uno de estos días, con los pulgares demasiado sueltos en la red social Twitter, y en una misma frase, se me ocurrió hacer valoración de alguna actuación en materia de salud, y en la misma línea, sobre las políticas del Gobierno central y de la Comunidad de Madrid. Se puede imaginar el lector que pudo tener alguna repercusión, o ninguna, y quédense con esta última, pues la polarización enconada de nuestra realidad pandémica, muy propia de políticos inmaduros, ha impuesto un silencio donde el comentario abierto es denostado: o las críticas van para unos, o para otros, donde en ambos sentidos encontrarás aplausos. Si tu reproche se dirige a todos, aparecerá un incómodo vacío.

A través del tiempo, en estos meses, hemos ido haciendo preguntas y a veces, con la duda del académico, respondemos con otras preguntas: La situación en España, ¿realmente es tan mala? ¿estamos como al principio? ¿Cuál sería el mejor indicador para analizar la realidad de los hospitales? ¿qué tipo de test es el más adecuado? ¿qué más podemos hacer? ¿es el confinamiento la mejor opción?

Respondiendo a la primera pregunta: sí, es una mala situación, en lo sanitario: lo será mientras sigan muriendo personas por una nueva enfermedad, donde la ocupación hospitalaria determina la posibilidad o no de llegar al cierre total o parcial de cualquier actividad, ya sea económica, social o de otra índole. Este mes de noviembre es clave para hacer que la curva vaya hacia abajo… o hacia arriba. Cuando algo va mal en lo sanitario, el resto del sistema sufre. Lo sabemos.

No estamos como en marzo, que para España fue la casilla de salida. Hay menos llegadas de pacientes a las unidades de cuidados intensivos, pues los enfermos graves que en al principio se quedaban en casa, ahora llegan al hospital en mejores condiciones de recuperación. El tratamiento sintomático ha progresado positivamente y los protocolos se siguen actualizado en líneas de mejora.

Una de las cuestiones que se plantean muchas personas es el grado de saturación de las UCIs, y, por otro lado, la definición de estas: las unidades de cuidados intensivos son especiales por la monitorización constante, el seguimiento y la adaptación del tratamiento del paciente de manera “intensa”, es decir, con personal y tecnología pegados a pie de cama. El personal escasea y el que es especialista en este tipo de unidades, y en todas en general, lleva meses de mucho trabajo, con un alto índice de cansancio, a lo que se suma la constante de una precariedad laboral que en endémica en nuestro país.

Por tanto, para medir qué se satura o no, o qué es UCI o no, pues este tipo de unidades en hospitales de referencia están muy diferenciadas: trauma, cardiaca, pediatría, general, un indicador adecuado podría ser la programación de cirugías no urgentes que necesitan de unidades de reanimación, cuidados intensivos y camas en las plantas de hospitalización. La lista de espera quirúrgica se clasifica por comunidades, y en estos momentos, se encuentra, para este propósito, desactualizada, por lo que para este propósito no es válida.

Sobre los test se habla, y mucho. El conocimiento es poder, y en palabras de Joseph Fouché (1759-1820), Duque de Otranto, la información es el arma más valiosa. También frente a un enemigo nuevo como el coronavirus: PCR y test antigénicos, todos son bienvenidos y cada uno con su indicación e interpretación adecuadas. Para lo que también se necesita personal. Desde hace mucho, todo indica que es el camino, junto a la trazabilidad de los contactos de los positivos a través de rastreadores. ¿Pudiera ser la intervención del ejército clave en este punto? ¿Se podría contar con ellos en zonas críticas, barrios con alta densidad de casos, aeropuertos y puertos, para este tipo de controles? Seguramente sí, están preparados y harían su trabajo con eficacia y seguridad.

Podemos hacer mucho más, o lo que ya hacemos, hacerlo con continuidad, paciencia y consciencia: uso de mascarillas (adecuadas, limpias, sin manipulación), higiene de manos y distancia social, además de una buena ventilación, el método se conoce y se llama Educación para la Salud. Con todo ello, los confinamientos masivos, evitando el profundo desgaste de la economía, se podrían llegar a esquivar.

Hace falta una exposición sosegada, independiente y con la capacidad de tomar decisiones vinculantes para las autoridades, tanto en Comunidades Autónomas, como en el Gobierno central. Contamos con expertos en epidemiología, cuidados críticos, atención primaria, y todos los que son protagonistas en esta situación, en la atención y cuidado de pacientes, tanto de covid, como de otras enfermedades graves y prevalentes, como las cardiovasculares y cáncer. Escuchémosles.

El librepensamiento está en la encrucijada entre lo políticamente correcto y salir de la norma: somos llevados de la mano por una clase dirigente sin una adecuada preparación y sin experiencia profesional suficiente (a lo sumo, el contrato con el partido, que no deja de ser papel mojado). Y así, claro, estamos perdidos. Miramos a los países de nuestro entorno, encontramos referencias, unidad de acción frente a la pandemia en materia de salud, y en el nuestro no dejamos de ver actuaciones que se alejan de lo urgente, y hasta de lo importante, para ir hacia cuestiones secundarias que necesitarían reposo y diálogo prolongado para que fructificaran.

Kant afirmaba que el ser humano es lo que la educación hace de él, y podemos y tenemos el deber de que la educación sanitaria, del buen hacer y la responsabilidad de todos, consiga frenar la propagación de una pandemia: los políticos no nos salvarán, todos y cada uno debemos ser responsables de nuestras obras. En este sentido, vivimos un dilema dentro de otro, una crisis en forma de remolino. De todos depende invertir el sentido que tome la corriente en esa espiral, para salir de ella o hundirnos del todo.