Los principios sobre inversión responsable lanzados por Naciones Unidas en 2005 consiguen que el 90% de las empresas cotizadas en Europa desvelen información sobre medidas de sostenibilidad en el ámbito ESG. ¿Cómo afecta el compromiso con la sostenibilidad al precio de las acciones? ¿Cómo influye en los resultados empresariales el respeto por el medio ambiente y la gestión ética? ¿Puede contribuir el inversor a la lucha contra el cambio climático o por un crecimiento sostenible a largo plazo?

Los últimos años han sido testigos de cómo los inversores se interesan cada vez más por invertir en aquellas empresas que cumplen con consideraciones ambientales, sociales y de gobierno corporativo (ESG). Con este nuevo enfoque del inversor –con el que se identifica empresas con sólidas perspectivas de crecimiento, comprometidas con la transición energética y con el respeto a los derechos humanos– el beneficio a corto plazo ya no lo es todo, y se enfoca más en reducir los riesgos asociados al cambio climático, el crecimiento económico socialmente injusto y la gestión empresarial no responsable. El ESG fue propagado en gran medida por Naciones Unidas, que introdujo en 2005 los Principios de Inversión Responsable. De esa forma, los inversores han demostrado que las decisiones de inversión no quedan enmarcadas exclusivamente en términos financieros, y esto se refuerza con los movimientos basados en la desinversión y por el marco regulatorio. La desinversión se ha convertido en un elemento clave en la lucha contra el cambio climático y por el respeto a los derechos humanos. Representa una estrategia novedosa de gobernanza independiente del estado que fomenta la mitigación del cambio climático y de la injusticia social a través del abandono de la inversión en empresas contaminantes o no respetuosas con los derechos humanos, favoreciendo alternativas verdes y éticas.

El movimiento de la desinversión (divestment movement, en inglés) ha concentrado principalmente sus esfuerzos en reducir las emisiones de efecto invernadero. De hecho, un número mayor de gestoras comienza a desarrollar estrategias de descarbonización de sus carteras, tomando parte en agrupaciones como Divest Invest o la Coalición para la Descarbonización de las Carteras (PDC, en sus siglas en inglés). Un ejemplo fue la campaña Divest Invest de 2014 con 17 fundaciones y 1.800 millones de activos: su estrategia era acabar con el petróleo, gas y carbón en sus carteras en cinco años, y redirigir el 5% de sus inversiones a sectores que pueden contribuir positivamente al cambio climático, como las energías renovables. Otro ejemplo de estrategia de desinversión es el del fondo de inversión de riqueza soberana de Noruega, uno de los mayores inversores en cotizadas a nivel mundial con más de un billón de dólares en activos. Recientemente renunció a 13.000 millones de euros en activos vinculados al carbón, el petróleo y el gas, y en noviembre también excluyó su inversión en la empresa de seguridad G4S por las sospechas de que la entidad estaba relacionada con la violación de los derechos humanos. Y los ejemplos se suceden por todo el mundo. El fondo de la Universidad de California decidió en septiembre vender acciones ligadas a combustibles fósiles por un valor 80.000 millones de dólares, y la americana Heck ya ha anunciado la desinversión en activos de empresas relacionadas con combustibles fósiles en su fondo de pensiones.

Los principios de Inversión Responsable apoyados por el movimiento de la desinversión y el marco regulatorio alinean a los inversores con los intereses de la sociedad. Así, en 2011 consiguieron que el 90% de las empresas cotizadas en Europa desvelaran información sobre medidas de sostenibilidad en el ámbito ESG, lo que ha permitido medir el efecto de la inversión responsable sobre la performance empresarial en un contexto de respeto al medio ambiente y a los derechos humanos. Según los estudios, la inversión ESG reduce la volatilidad del precio de la acción sin comprometer su retorno a largo plazo, ofreciendo así una mejora en el binomio rentabilidad-riesgo de las carteras.

La transición hacia las energías limpias requiere tecnología y, por tanto, aumentar el gasto de inversión. A pesar de que esto suponga un incremento en los costes de producción en el medio plazo, la inversión ESG y el movimiento de desinversión facilitará la transición energética a través del incremento en el capital ofrecido por los accionistas. Así, por ejemplo, en cinco años el grupo Divest Invest ha conseguido recaudar 24.000 millones de dólares procedentes de 200 instituciones que han sido destinados a la inversión en “soluciones al clima”. El 94% de estos inversores han logrado este propósito sin dañar la performance de sus carteras. Todo ello facilitará el lanzamiento de propuestas regulatorias que sigan contribuyendo a la lucha por un mundo sostenible.

Una mala gestión de los riesgos relacionados con estrategias no sostenibles puede influir también en el riesgo de crédito de una determinada empresa. Por ejemplo, las agencias de rating crediticio tienen ahora en consideración el riesgo ESG a la hora de dotar sus calificaciones. Moody's ha anunciado que Exxon, la petrolera de mayor capital bursátil, puede perder su triple A por varias razones, entre ellas la falta de cumplimiento de criterios ESG.

Y parece que todo empieza a pivotar sobre el eje del ESG. S&P Global ha adquirido RobecoSAM para tener acceso sus datos ESG basados en encuestas a 5.000 empresas. Fitch ha introducido también sus propias calificaciones ESG para mostrar su compromiso con la lucha por un mundo sostenible. Con todo, las empresas que busquen financiar sus proyectos en energías limpias a través de emisión de deuda obtendrán mejores condiciones que aquellas que no apuestan por el cambio hacia un mundo sostenible. Los inversores exigirán rentabilidades más altas a aquellas empresas que contaminan (o que no respetan los derechos humanos) para compensar los riesgos relacionados con el cambio climático (o con la injusticia social), por lo que el coste implícito de no seguir es- trategias sostenibles será muy alto.